martes, 21 de enero de 2014

El amor de Selena






El   amor de Selena
 Tomas, había nacido a la entrada del camino, en una casita de piedra en un mes de diciembre. El médico fue llamado y a lomos de mula, fue hasta la casa, trayendo al pequeño, entre ventisca y olor a hogar, a leña seca, crepitando en el fuego de la chimenea. Manuel el padre no cabía de contento, invitando al médico a unos vinos para celebrar el nacimiento del niño, mientras el neonato mamaba,  Josefa la madre lo miraba con ternura, oliendo como cualquier madre, hasta gravar en su mente el dulce olor que emanaba. Aprendiendo sus facciones, besando sus manos. Juana la abuela, se movía de un lado para otro de la habitación, quemando espliego, aromatizando la estancia, ya calentando la ropilla para él, su primer nieto, con los ojos acuosos, visiblemente emocionada, pero solícita, para lo que su hija necesitara, moviendo los labios como si mascara algo, cuando en realidad, daba gracias al altísimo. Sabía que a Manuel no le gustaban esos rezos. Ella no levantaba la voz y Manuel hacía como que no la veía,  dejándola hacer, que hay costumbres difíciles de romper, batallas dialécticas, ahogadas por la fe y la ausencia del raciocinio. Y ahora que el niño estaba entre ellos, mejor era estar en paz, que perderse  en tales, dimes y diretes.

                                                                       *

Una mañana de otoño, Tomas se levanto temprano, se acerco al cuarto de la abuela, le dio un beso, mientras acariciaba su mano y le contaba las curiosidades del pueblo, ocultándole en un acto de dudosa piedad, las ausencias que se iban produciendo entre su  generación. Bastante tenía su abuela con no poder levantarse de la cama, que ya marchaba la cosa para dos años, para encima tener que darle las malas noticias sobre la las ausencias que se producían, diezmando todo lazo viviente con su memoria.  Con cariño tomas la miraba, mientras seguía pensando que no se merecía esto.
Bajo al comedor, se echo un café y espero a que su padre regresara de los establos, mientras su madre nerviosa danzaba de un sitio para otro, haciendo que hacía y sin hacer nada, Tomas la paro, le dio un beso y no dejo que se moviera más de su lado, obligándola amorosamente a sentarse junto a él en la mesa. Madre ya lo hemos hablado antes
– ¡si, pero no tienes necesidad! y la ciudad no me gusta nada
No sea tonta, que no va a pasarme nada, además, necesito cambiar de aires, aclarar mis ideas, y ya sabe que estaré en casa de Pedro, el primo de padre y tenemos buenas relaciones
-si, pero la familia se cansa y luego pasa lo que pasa, si lo sabré yo
No diga eso madre, que siempre le ha caído bien el primo Pedro, que si es un bendito y tosas esa zalamerías
- lo siento Tomasillo, pero no me hago a la idea, es cierto que quiero bien al primo Pedro ¡pero tú mi lucero, ciega me vas a dejar de no poder verte!

Entre lágrimas se despachaba, la madre, mientras con una mano se restregaba la cara, la otra asía fuerte la de Tomas. Le hacia gracia a Tomás, escuchar el diminutivo de su nombre, su madre siempre lo usaba, cuando algo, le preocupaba o le amonestaba cariñosamente, se preguntaba, hasta cuando las madres siguen viéndote como un niño, negándose a que crezcas, que el ya rondaba los veintidós años, y de Tomasillo, tan solo quedaba en la boca de de la madre, que todo el mundo lo llamaba Tomas.

Buenos días, tercio el padre, que entraba por la puerta, que daba a los establos, miro a su hijo y luego meneo la cabeza, cerrando los ojos y murmurando, -¿ya volvemos a lo de siempre, cariño?
- todos sois iguales, como vosotros no los echáis al mundo, pero ya, ya te contare cuando no este delante, que luego estas todo el día pendiente al teléfono o al correo por si llegan noticias.
-déjalo ya mujer, si o, si ha de marcharse, no va tener problemas y el chico tiene razón, necesita aclararse, cambiar de lugar y de gentes, ¿haber como se maneja?
Gracias, padre
-¿esta todo listo, Tomas?
Si ya he cargado en el carro, el Patate y madre me ha preparado un costo para el camino,
¡ni que tardara  un mes, en llegar! el tren en cinco horas te deja en la ciudad
-pues despídete y te dejo, que me coge de camino.
¿Donde vas?
-a casa de Juan, a dejarle dos corderos lechales, que me ha encargado para un compromiso.
Dejo el padre al hijo en la estación. Antes, se fumaron unos cigarros juntos para hacer tiempo y fue Tomas quien dio el paso para despedirse, sabía que su padre, por muy fanfarrón que fuera, en el fondo le pasaba igual que a su madre… Estaban  haciéndose  mayores. Tomas se dio la vuelta para no ver a su padre visiblemente emocionado y se metió en el tren.
Ya en casa, Josefa esperaba con la escopeta cargada, una batería de preguntas y soliloquios, abordaron a Manuel, nada más traspasar el umbral de la puerta.
-¿se ha ido bien? y que ara ahora solo, y en la ciudad que ya sabes como son en la ciudad.
-Tranquila mujer, tiene casa, el trabajo asegurado y Luís el jefe de correos le guarda el puesto, incluso le ha dicho que si regresa antes, al día siguiente ya esta otra vez repartiendo por el pueblo. Sabes que me apena,  igual que a ti.
-¡no se lo has dicho!
-Y que le voy ha decir mujer, últimamente nada de lo que había aquí, le alegraba
-¿y Selena? la chica del bar.
- ¿que pasa con Selena?
- hay, ¡a veces los hombres parecéis tontos o es que no os fijáis!
- ¿que Tomas anda de lances con Selena?
-No se si anda, pero a Selena se le para el mundo cada vez que ve a nuestro Tomasillo
- Tomas, Tomas. Que ya es un hombre

                                                                       *

Selena ese día no fue a trabajar, cogió su bicicleta, unas naranjas y se fue por el sendero de las cuatro charcas, este día los parroquianos que quisieran café y  unas manos al mus, tendrían que irse a la bolera y aguantar el ruido de la chiquillería, que ella no estaba para nadie.
Llego a la fuente del Lacio, bajo de la bicicleta y a la sombra del moral, se recostó sobre su tronco y una lagrima, sin querer rodó mejilla abajo hasta topar con la comisura de los labios.
-¡Tonto, más que tonto!... ¿Qué tenia que hacer, para que te dieras cuenta? ¡Escribirlo en las paredes! gritarlo a las comadres para que esta lo ventearan. ¿Y tu madre!, podría haberte dicho algo…? ¿o es que no, la he gustado? ellas siempre son las primeras que se dan cuenta de estas cosas. ¡No es justo amor!...
                            *

Mis brazos abro, observando el sin fin,
la nada que tu ausencia provoca, y sola me hallo.
sin más atrezo, sin más sentido,
que el saber que te has ido.
                        *
Mi vida, parada en este sentido, 
como la corriente del río por mil esclusas retenido,
mis sentimientos interrumpidos que lentos se mezclan,
que sin querer bajan, con las flores la risa,
con las hojas y ramas secas el llanto que no para
                        *
Viendo como la naturaleza, responde,
a este mi presente estado de abandono.
                        *
Lentas van llegando a su destino,
algunas quedan para siempre enredadas
en las revueltas que da el río,
las más afortunadas, en límpidas charcas
y aquellas ultimas,
amasijo de flores, risas, ramas secas,
llanto y hojas desafortunadas,
en la anónima inmensidad de la mar
varadas.
                        *
Como premonición del destino.
gotas de sal, surcan mi espíritu,
estas, se mezclan con las olas,
arañando la orilla de mi corazón…
vacío por que te has ido
                        *
Aquí sentada al píe del árbol, espero
y en la espera miles de ojos me observan
que el caprichoso viento a su paso
como pétalos al espacio arroja y avienta
y entre ellas tu mirada, como recuerdo lejano se me borra
                        *
¡Y monto en ira!
conteniendo todas las miradas en una
para no perder tus ojos
para no perder tú esencia
                        *
Si, con el deseo bastara,
tres veces frotara, la lámpara de mi corazón
para que presto ante mí te hallaras
                        *
Dormido bajo el árbol
En el rumor del agua clara
En pugna clara mi espalda con  tu espalda
darme la vuelta, revelarme y con este ímpetu
tu cara mil veces besara, que tus ojos encendiera
                        *
Y la vida que alegre de tu boca brota, 
mis labios en los tuyos se saciara
                        *
Hermosa noche, cuajada de estrellas
Susurros de enamorados
Llantos infantiles
no me dicen nada
                        *
Y al igual que a la luna su circulo de luz atrapa
mis brazos, rodean mis piernas
y me siento como ella, altiva y hermosa
sola y desolada
                        *
Y no encuentro consuelo mi amor
¡ Tonto! ¿Por qué te has marchado?...
Vuelve, que no quiero hablarle más a mi vacío
Vuelve que tenemos mucho de que amar…
Amor mío…


¡Y encima en invierno! que duro será no verte, no espiar tus pasos, ni cogerte en renuncio cuando a hurtadillas me miras. El roce involuntario de nuestros cuerpos al andar, cuando bajamos en pandilla al río. Escuchar tu voz, contagiarme de tu risa, apoyar mi espalda en la tuya, saber que te amo y tener la certeza de que me amas… ¡Así! sin despedirte, sin saber si volverás, sin saber nada.




                                                                       *

El tren empezó su lento traquear, era una vieja locomotora de gasoil, las estaban empezando a cambiar por las eléctricas, pero al ramal del pueblo aún no había llegado el tendido eléctrico que lo hiciera posible. A Tomas le gustaba ese lento salir, por la ventana observo como su padre se daba la vuelta para no ver y secarse las lagrimas con el pañuelo, se sintió apenado. Una vez sentado dejo que el sopor del vagón y el lento andar, le sumieran en el placentero mundo de los sueños, llegando a entrever como el pueblo quedaba atrás y lentamente se iba difuminando.  Despertó y entro en placentera melancolía, recordaba las peleas de infancia, la vez que callo de cabeza a la charca por coger la rana más gorda, las pequeñas batallas de forajidos, su estrella de sheriff y la vieja pistola troquelada, recuerdo de la guerra que un día encontrara entre las cosas del abuelo. Cuando empezó a sentirse mayor, aprendió que no todo lo que hacía fuera de casa, debía de contárselo a sus padres, fue el primer destete y su madre no tardo en repróchaselo. -  Tomasillo, ya no me cuentas que haces, ¿es que no me quieres ya, tunante?
Y Tomas se ponía colorado, saliendo por peteneras, no es que hiciera cosas innombrables, pero le gustaba esa sensación que da el tener secretos, había empezado a fumar a escondidas, y muy de vez en cuando tomaba una cerveza, en el establo de José, que era algo mayor que el resto de la pandilla. El primer trabajo en vacaciones, repartiendo el correo, que luego más tarde sería su medio de vida en el pueblo, amen de las faenas del campo y el ganado del padre, que eran el fuerte de la economía familiar. No recuerda haber tenido nunca  enfrentamientos con sus padres, como les pasaba a sus amigos y estos le envidiaban, le decían que eran buenos padres y los de ellos algo pelmazos.
Ya con diecisiete años empezó a entrar en el Sitio, bar de toda la vida del pueblo y es donde conoció a Selena. Le gustaba esa chica, con el pelo corto y oscuro, los ojos marrones, más bien delgada, nunca hablo con ella directamente, aprovechaba las reuniones de la pandilla para poder tomar baza y que ella le escuchara, y digo si le escuchaba, le miraba directamente hasta que Tomas volvía la cara y soltaba cualquier chascarrillo, que ya se ponía nervioso y no daba pie con bola. El la miraba a hurtadillas volviendo rápido la cabeza si ella lo pillaba. Le gustaba cuando quedaban todos y el esperaba hasta que Selena llegaba, inquietándose si no aparecía. Era su secreto, su amor no declarado. Quedaban para  bajar al río, esperando impaciente el momento de comer, para apoyar su espalda en la de ella, no sabe como ocurrió la primera vez, pero desde ese día era un ritual, y en esa postura, sin verses la caras el si le hablaba, sin ponerse nervioso, sin saber el uno y el otro si se sonrojaban, quizás pueril, pero menos era nada. Y ahora en la distancia, sabía que se marchaba por ella, por él, por no tener el valor de amarla abiertamente, de declararle sus sentimientos y eso le dolía. Sabía que su madre estaba enterada, pero nunca le dijo nada, que esas cuestiones el prefería que fueran reservadas.

                                                                       *



Una mañana sin decir nada a nadie, excepto a su bienhechor Pedro, hizo el petate y se despidió, dándole las gracias por aguantarle los seis meses en su casa. Sabía por su padre, aunque ya no fumaba, que era un enamorado de las pipas. Dejo antes de salir un pequeño presente, que estaba seguro, le gustaría. Una pequeña pipa de espuma de mar holandesa, de finales del siglo XIX, la encontró en un anticuario y de precio no andaba mal, a sabiendas que los seis meses en los que había estado parando en su casa, se los había ahorrado en alquilar una habitación fría, de las muchas que se alquilaban cerca de la estación de trenes.

                                                                       *

Había llegado, temprano, dejo las cosas en la oficina de correos, saludo al bueno de Luís y le pidió que no comentara a nadie que había llegado, quería que fuera una sorpresa, pero antes iría al viejo molino, necesitaba estar solo.


Salio  al camino, solo, mal humorado, el andar ligero le descarga, le cansa y sigue hasta agotarse. Desviándose por la vieja senda, hasta llegar al  soportal del viejo molino, se sienta, mientras el sudor se va enfriando, las gotas saladas que  irritan sus ojos, aclarándolos con el agua fresca que corre frente al él, se sienta de nuevo. Ya más tranquilo mira el abandonado huerto, dos naranjos un mandarino y el retorcido olivo achaparrado. Entre fresnos y alisos, se vislumbra el maltrecho canal que años atrás, hacía llegar el agua hasta el edificio. Vestigios de un tiempo pasado, cuando aun todavía sus abuelos llevaban el trigo para la molienda, dejando como pago un saquito, para el molinero, algún que otro excursionista, de vez en cuando, pasa sin prestar mucha atención, río arriba. La paz del lugar, traslada a Tomas a otras épocas, su abuela Josefa, Zacarías el abuelo, al que solo conoció por fotos, una mala neumonía se lo llevo, amén, sentenciaba la abuela.

                                                                       *

Pero ya se sabe, los secretos en los pueblos, son difíciles de guardar, máxime cuando Selena empezó a frecuentar la oficina para poder hablar con Luís, normalmente de Tomas. Luís le hablaba del trabajo que hacía y cuando este escaseaba, sorprendía a Tomas, mirando por la ventana ensimismado y tomando notas, o algo parecido. La confianza que da, cuando hablas de alguien querido, la compañía de aquel, que parece conocerlo mejor que nadie y el descubrimiento de parte de esa vida, casi anónima de  la persona que amas. Fueron forjando una alianza, haciéndolos camaradas, creando lazos de confianza y una sólida amistad que despacio como las cosas buenas, fue naciendo entre Luís y Selena.
Selena, por lo que le contaba Luís, pensaba, en lo afortunada que fue esa mujer, de la que Luís no pronunciaba su nombre. Tuvo que amarla mucho, los ojillos le chispeaban cuando hablaba de ella, cualquier cosa a la que hacía referencia, cualquier gesto que le viniera a la memoria, sonrojaban sus mejillas, sin que este pudiera evitarlo, Selena besaba su frente y le invitaba a ultima hora, en el bar, para tomar vino y charlar mientras ella iba recogiendo y preparando las cosas para el siguiente día.
                                                                      

*


Como iba el bueno de Luís, a ocultar semejante noticia, a esa pequeña dama que le había echo recordar, sacar de su baúl de recuerdos, el tiempo tan maravillosamente vivido, por el único amor de su vida.
De esos recuerdos solo guardaba lo bueno, es lo que le hacía existir, el resto llego ha entenderlo, pero se negó a guardarlo. El decía que las personas como la vida, eran y debían de ser libres, estar el tiempo suficiente y marchar, cuando sintieran que todo lo que podían aportar y compartir, se había agotado. Entonces deberían de marchar para no caer en el tedio, en la costumbre de los días y a sí evitar el germen, de los rencores, en la terrible cuenta que hacía el frío balance, de quien puso más sentimiento, amor e interés en esa relación y no caer en las garras, de eso que llamamos querer.
La vida para Luís no eran matemáticas del querer. Simple y llanamente, paralelas que un día sin saber como ni por qué, se unían durante un tiempo, para algunas volver a distanciarse, dejando a unos parados en esa estación y a otros dándole la gracia de seguir viajando y conociendo otros lugares,  otros amores. Dejar marchar a la persona que un día decidió compartir por un tiempo tu vida, enriqueciéndola, haciéndote sentir alguien especial, anteponer su felicidad a tu deseo. Eso era amor para Luís. La felicidad del contrario
Por eso Luís, nunca dijo que la quería, no deseaba cambiarla, no esperaba un toma y me debes, el hoy hacemos esto y mañana lo que tú digas. Nada que los obligara, nada que los hiciera depender uno de otro, no quería esa carga, placentera si cabe, Pero aun no estaba preparado para ese tipo de vida. No, Luís se sentía joven, ella era joven, y no estaban dispuestos a quererse de esa manera tan, posesiva, no deseaban influir ni cambiar el curso de sus vidas, tan pronto… Por eso fue amar, primero y luego seguir amando aunque la distancia y el tiempo, los mantuviera separados por el resto de sus días. Para Luís amar a esa mujer, se había convertido en idea, algo sublime, y su felicidad en algo prioritario.
En otras cuestiones y otros desahogos, Luís, simplemente, era como el resto de los mortales. Amante cuando encartaba y siempre discreto… bueno como casi el resto.


                                                                       *

Llevaba un rato sentada, mirándolo detenidamente, no tenia prisa, quería disfrutar de esa visión. Lo amaba y ella sentía que el la amaba igual, aunque nunca se dijeran con palabras. Pero sabía ella que los actos a veces, decían más, que los tonos de voz y la complacencia que hallaba cuando llegaba la última. Era entonces cuando, encontraba a Tomas en posición de espera, y esa sonrisa que la desarmaba, al verla llegar. Las bromas para disimular la impaciencia y el suave empujar sin sacar las manos de los bolsillos, hombro con hombro y como el cerraba los ojos para aspirar el perfume que de ella emanaba. Estas cositas sencillas, hacían que el momento valiese la pena.
Le tiro una piedra pequeña, y luego otra, hasta que Tomas se sobresalto, miro a su alrededor hasta que la encontró a ella. Sonrojado y atropellándose en las palabras, se levanto presuroso, se acerco a ella para saludarla y en su torpe actuar por poco la tira al suelo, al tropezar con la raíz que sobresalía del árbol. -¿Qué haces aquí?
- nada, dando una vuelta, mirando a otro lado como si algo le llamase la atención
-¿y esperabas encontrarme?
- Sonrió… Luís llego al bar como un poseso, la sonrisa de oreja a oreja y me espeto que habías llegado y que querías estar solo. Decidí pasarme por aquí
¿Y si hubiera estado en otro sitio? no sé, en el río, donde siempre quedamos con la pandilla
- bueno, pero Luís te conoce, y en tu ausencia hemos hablado mucho… se sonrojo
- ¿de mi?
Selena se sentó en el suelo, mirando al molino y Tomas apoyo su espalda en la de ella mirando al río. La brisa era fresca, sintieron como el contacto los iba relajando, y devolviendo poco a poco, sensaciones que parecían olvidadas.  La mano de él busco su mano y acariciándola despacio, solamente le dijo
-Te amo, ella sin mediar palabra, se dio la vuelta y beso los ojos, el  rostro y finalmente los labios – Te amo le contesto ella entre beso y beso… Y no hubo más que decir, que el tiempo compartido ya le había contado a cada uno su historia, las miradas, las pequeñas bromas, los momentos de estar uno junto al otro sin decir nada. Que los silencios dicen mucho y son tan discretos como sus propietarios. Las noches en blanco y los días de urgencia y mala cara por no verse el uno en el otro por cualquier motivo, esas esperas por verse aparecer y encontrarse, en fin, un sin fin de sobreentendidos, el simple lenguaje de los enamorados…. la tarde se fue poniendo, su mejor traje, la brisa enfriando sus cuerpos desnudos y lentamente se fueron vistiendo entre besos, caricias y vueltas a empezar, hasta que lucero y el frió que empezaban a sentir, los dejo a la entrada del pueblo… luego te veo
-no tardes,
-  no, que tenemos mucho de que amar
- si amor, mucho de que amar….

                                                                                                         Epi








                                                                                                               
 

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